Joan Chittister: “Por fin se han decidido. ¡Este es el momento!”

Posted by Fernando Prado, cmf on 8 marzo 2009 under noticias, opinión | Read the First Comment

joan1La Hna. Joan Chittister, benedictina y, sin lugar a dudas, la religiosa norteamericana más conocida del mundo, también ha escrito un artículo para el National Catholic Reporter sobre la Visita Apostólica de la Santa Sede a las congregaciones religiosas femeninas de Estados Unidos. La Hna. Joan Chittister ha sido Presidenta de la Conferencia de Superioras Mayores de Estados Unidos (LCWR) y es autora de más de 40 libros. Esta autora prolija de libros de espiritualidad y ensayos contemporaneos ha sido reconocida con numerosos doctorados Honoris Causa, así como con numerosos premios en diferentes universidades.

Su último libro sobre la vida religiosa, 1 er premio de la Asociación de Editores Católicos de Estados Unidos, ha sido publicado (2006) en español por la editorial católica Publicaciones Claretianas con el título “Tal como éramos. Una historia de cambio y renovación”. En él se describe el camino de renovación que ha vivido la vida consagrada femenina occidental a lo largo del postconcilio.

Por el interés, y dados los puntos de conexión que su reflexión tiene con la vida consagrada de otras latitudes del planeta, os he traducido al español el contenido completo del artículo publicado en el National Catholic Reporter. Sirva también en este día de la mujer como pequeño homenaje a tantas mujeres consagradas y apasionadas por Cristo y por la humanidad.

POR FIN SE HAN DECIDIDO. ¡ESTE ES EL MOMENTO!

por Hna. Joan Chittister (16 de febrero de 2009)

Hace una semana, cuando leí el primer anuncio formal de la visita vaticana a las comunidades religiosas femeninas de Estados Unidos, muchas cosas se me pasaron por la cabeza. Había algo de sorpresa en ello, pero, difícilmente pude contener la alegría: por fin íbamos a tener algo que nos merecíamos.

Durante años, desde la escuela primaria hasta los años 60, una de las cosas que mejor recuerdo de la Iglesia eran aquellos sermones que teníamos todos los años sobre lo que significaba ser religiosa. Las religiosas estaban muy cerca de Dios, nos decían. Tenían una vocación extraordinaria; habían entregado su vida a Dios por entero, a diferencia de las demás personas, que solo daban a Dios trocitos o pedazos de su vida.

Año tras año, todos los años, escuchábamos aquellos sermones sobre lo valioso que era y significaba ser religiosa. Oíamos aquellos mismos sermones en el retiro anual de la parroquia, en las jornadas vocacionales que se celebraban durante el tiempo del High School y en muchas otras ocasiones, desde los púlpitos, a lo largo del año. Estas mujeres, nos decían los sacerdotes, eran especiales. Ellas eran Santas. Eran diferentes del resto de las mujeres, que simplemente se casaban. Ellas eran nada menos que “monjas”.

Las monjas se convirtieron así en mis ídolos, mis héroes, mis modelos a seguir. ¿Cómo no? Con una carta de presentación así, ¿acaso alguien podría dudar del valor o de la importancia de este estilo de vida? Toda muchacha católica del país soñaba con ser religiosa, aunque al final no lo fuera.

Después de todo, desde el año 1866 hasta el 1917, mujeres de esa categoría habían fundado 460 hospitales y habían asistido como enfermeras a los dos bandos de la Guerra Civil, a pesar de la disminución de líderes en la Iglesia. Durante aquel mismo período habían puesto 50.000 hermanas-profesoras en las escuelas parroquiales y para 1920 tenían ya casi dos millones de alumnos en las 6.550 escuelas católicas sembradas por el país. Sin duda, estas mujeres fueron las que realmente construyeron la Iglesia Católica en los Estados Unidos.

Pero, de repente, hacia los primeros años de la década de los 60, las cosas comenzaron a cambiar. Un gran número de muchachas seguía entrando en los conventos, pero salían tan pronto como entraban. Estaba sucediendo algo inaudito y desconocido hasta entonces. Aquella era una vida que ya no atraía demasiado a las muchachas. Simplemente dejaron de venir. Aquellos sermones desaparecieron de igual forma.

¿Dónde se habían metido las hermanas? Lejos del lenguaje de los púlpitos, seguro.

Pero aquello no las frenó. Acogieron el doble mensaje de los documentos del Vaticano II y de la sociedad que les rodeaba que les invitaba a actualizar el estilo de vida medieval que vivían. Y, en consecuencia, a los ministerios en los que habían estado envueltas durante más de 100 años les sucedió lo mismo. Mujeres recias y fuertes como eran, se lanzaron a esa doble actualización del estilo de vida y adaptación a las nuevas necesidades, con pocos recursos y con escaso apoyo. Incluso sin el de la propia Iglesia que había mandado hacer esos cambios.

Pero no importó; lo hicieron. Lo hicieron con el mismo celo que encendió antaño a los pequeños grupos de fundadoras a consagrarse a la labor de hacer la vida mejor y a ayudar a que arraigara una fe más profunda en aquellos pobres católicos inmigrantes que habitaban este país blanco, anglo-sajón y protestante. Esta generación de los años 60 se aventuró a salir de los “gettos” católicos de su propio tiempo.

Esta vez, aquellas mujeres que habían construido el sistema privado de educación más grande del mundo dejaron aquello en manos de los católicos que habían sido preparados para ello y comenzaron otra vez a construir. Vendieron hospitales, abrieron residencias para ancianos y comenzaron a llevar clínicas gratuitas.

Construyeron proyectos de acogida para pobres y discapacitados; abrieron centros para enseñar a otra generación de católicos a construir la paz y a buscar la justicia en un tiempo en el que los poderosos habían comenzado a utilizar la guerra como política exterior y en el que el largo brazo del capitalismo occidental estaba haciendo prosperar un colonialismo económico de nuevo cuño.

Crearon centros de espiritualidad para compartir los frutos de siglos de carisma y oración con las generaciones que andaban buscando signos de compromiso religioso, más que meros ritos.

Se empeñaron también en la creación de centros de cuidado infantil en un mundo en el que las mujeres ya no podían permitirse el lujo de quedarse en casa y cuidar de la prole (aunque muchas se sentirían mucho mejor aisladas del mundo que les rodea).

Comenzaron programas de re-educación y programas para conseguir el GED (Certificado similar al título de la ESO) para padres y madres solteras que habían dejado la educación secundaria o técnica para trabajar a tiempo completo.

Diseñaron programas de teología y psicología para mujeres, para reparar el daño infligido en su propia autoestima femenina y en su vida espiritual por las distorsionadas definiciones de femineidad al uso en la Iglesia y en el estado.

Crearon cursos orientados a paliar los efectos de la tradicional exclusión de la mujer de aquel tipo de formación teológica que las trataba como iguales pero “diferentes”, inferiores a los hombres y que, por desgracia, les hacía estar encerradas o en la sacristía.

Llevaron adelante grupos ecuménicos de oración, lucharon para que no hubiera segregación racial y supervisaron de cerca los efectos de las leyes del país sobre los pobres. Echaron a andar programas en defensa de la ecología, se convirtieron en capellanes de hospitales y se dedicaron al trabajo pastoral en las cárceles.

Raro era el lugar en el que, habiendo nuevos pobres, enfermos o gente sufriendo, las hermanas no estuvieran con ellos.

En definitiva, continuaron “entregando sus vidas a Dios” orando y viviendo en comunidades de extranjeros, trabajando y haciendo su ministerio o apostolado en las calles, en centros rurales de espiritualidad, enseñando, dando conferencias y desarrollando programas de espiritualidad o retiros, atendiendo centros para mujeres maltratadas o para el cuidado de enfermos de Alzheimer. No tenían ningún deseo de ser una “más alta vocación”. Únicamente querían vivir una “vocación verdadera”.

La gran mayoría continuó durante años haciendo aquello, muy por encima del trabajo que hace una persona normal. Trabajaron hasta la extenuación llevando proyectos de este tipo y construyendo un suelo sólido, ofreciendo hospitalidad, manteniendo vivas muchas parroquias sin sacerdotes, trabajando en programas para cuidar el medio-ambiente y cuidando de las nuevas clases bajas abandonadas, con el fin de poner a la Iglesia de este tiempo en el lugar en que le correspondía estar. Ellas fueron las que comenzaron el alumbramiento de una nueva Iglesia en los Estados Unidos.

Por fin, unos 50 años después, sin avisarnos, sin consultarnos sobre cómo pudiera hacerse ese proceso y, lo que es peor, sin saber el porqué, el anuncio llega con sorpresa incluso para la propia Conferencia de Superioras Mayores de Religiosas (LCWR), el principal interlocutor entre las religiosas norteamericanas y Roma. Las religiosas de Estados Unidos se enteraron hace unas pocas semanas de que iban a ser objeto de una “Visita Apostólica” de Roma. ¡Casi nada! Era algo serio y, además, a nivel nacional. El Card. Rodé, Prefecto de la CIVCSVA, se apresuró a decir en una carta firmada por él que el propósito de esta intervención extraordinaria del Vaticano era “ver la calidad de vida de las mujeres religiosas en los estados unidos”. (Nótese bien: la vida de las mujeres religiosas, no la de los varones).

Bien, vamos a ver: Si el número de gente atendida tiene algo que ver con esta fase de la vida religiosa, como lo fue en la anterior, la calidad de vida es excelente. El nivel de influencia de esta vida es amplio y profundo. La naturaleza de este género de vida es espiritualmente bella y bellamente espiritual. No es una vida fácil, pero merece la pena.

Al mismo tiempo, 50 años sin apoyo, estímulo o aprobación de la Iglesia en esos esfuerzos no han sido fáciles. A diferencia de lo que se hizo en el pasado, no se ha hecho nada para que esta vida sea conocida y apreciada.

¿Comprenden por qué estoy encantada con la visita?

Desde mi punto de vista, pienso que si la Iglesia quiere realmente apoyar a las religiosas, ya es hora de que se haga una declaración oficial que vuelva a decir: “Estas son unas mujeres extraordinarias, que viven una vida espiritual extraordinaria y hacen cosas extraordinarias”. Oigámoslo alto y claro. Después de todo, si la vida religiosa femenina desapareciera (o si comenzara a funcionar fuera de los límites de la Iglesia institucional, que también cabe la posibilidad…) no solo afectaría a las mujeres religiosas; afectaría, definitivamente, a la propia Iglesia en nuestro mundo actual.

Piénsenlo. Pueda ser que haya que volver a prepararse algunos sermones más. La vida religiosa se lo merece.

(Traducido del Inglés por Fernando Prado para el blog “masdecerca”)

  • Rafael Martinez Boile dijo,

    Ciertamente, qué ingratos son algunos con las religiosas. Como si el tener vocaciones o no tenerlas fuera cosa de ellas y no de Dios. Algunos no hacen más que denostar a lo mejor que tiene la Iglesia. Hermanas, muchas de ellas mayores, capaces de dar la vida por ti y por mi, de comprometerse y vivir en las fronteras que nadie quiere transitar… y algunos andan preocupadísimos en si llevan hábito o no. Qué lástima de gente ingrata. Gracias a las hermanas, muchos mantenemos la fe.

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