SANDRA M. SCHNEIDERS: LAS HERMANAS DE LA MISERICORCIA NO SOMOS McDONALD´s

sistersEl presente artículo acaba de aparecer publicado en la revista norteamericana U.S. Catholic, en el número 1 del mes de enero de 2010 que ya está en manos de los suscriptores (pp. 18-19). La autora, Sandra M. Schneiders, es una de las teólogas de más prestigio del país. Por su interés y actualidad, lo reproducimos en español.

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Cuando se discute sobre la investigación del Vaticano a las religiosas, hay dos cuestiones que aparecen repetidamente:
1) Si las religiosas no tienen nada que esconder… ¿por qué se oponen a ser investigadas por el Vaticano?
2) ¿Por qué iban a ser más inmunes las congregaciones religiosas de ser controladas por sorpresa por el Vaticano sobre su calidad de vida, que las “franquicias” de comida rápida (fast-food) a quienes su oficina central controla todas sus operaciones y productos?
Dado que estas cuestiones suelen ser preguntadas retóricamente, merecen ser contestadas.

Primeramente, comparar a las congregaciones religiosas con las “franquicias” de comida rápida es como decir que todas las instituciones académicas de Educación Superior en los Estados Unidos son “franquicias” del Departamento de Educación: el masificado sistema de la universidad de California, una pequeña universidad rural para mujeres, la Academia Militar de West Point… Si la analogía fuera válida, cualquier pequeño Community College sería tan igual el uno al otro como lo es una bolsa de patatas fritas de un Mc Donald´s de Peoria a la de una de un Mc Donald´s de Boston.
¿No deberían estas “franquicias” (escuelas) proveer este producto (un grado de bachiller) siguiendo todas las mismas recetas (cursos requeridos) y utilizando la misma medida (exámenes idénticos)? ¿Acaso no habría de tener derecho la Oficina Central de hacer inspecciones sorpresa para asegurar que esa uniformidad es mantenida?
Obviamente, esta forma de pensar es ridícula. Hay múltiples propuestas de una misma educación, con escuelas que ofrecen una variedad infinita de programas, para estudiantes de muchos tipos y con objetivos bien distintos.

Como reconoce el Decreto Conciliar del Vaticano II Perfectae Caritatis sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, “de acuerdo con el designio divino… una maravillosa variedad de comunidades religiosas ha surgido en la Iglesia. Aunque haya profundas similitudes entre ellas y haya, igualmente, ciertos criterios aplicables a todas –la fidelidad a los votos, por ejemplo– medir con un mismo molde –un mismo cuestionario aplicado universalmente a todas las órdenes– no es ni razonable ni deseable.
Las órdenes difieren ampliamente en sus carismas, ministerios, vida de oración, vida comunitaria y gobierno. Excepto el celibato –que es idéntico para todos– muchos aspectos de la vida religiosa ha sido legítimamente interpretados y vividos de forma diferente en las múltiples comunidades.
Además, al contrario de lo que muchas personas creen, las congregaciones religiosas –a diferencia del clero diocesano– no reciben ayuda económica alguna de la Iglesia institucional. Yendo todavía más lejos, habría que decir que las personas consagradas no hacen “votos al Papa” o a la jerarquía. Los religiosos hacen sus votos a Dios, de acuerdo a las constituciones aprobadas de sus propias congregaciones.
En una palabra, los religiosos no son ni económicamente, ni jurídicamente ni organizativamente oficinas o sucursales, ni mucho menos “franquicias” del Vaticano.

La analogía de la “franquicia” de comida rápida quizá sea absurda… pero ¿puede haber otra mejor? Se me ocurre sugerir el matrimonio.
Al casarse, las parejas católicas toman la libre decisión de comenzar una familia y piden a la Iglesia, a través de su ministro, que sea testigo y tome nota del consentimiento mutuo que realiza el sacramento. El ministro de la Iglesia ni selecciona a las parejas, ni decreta el matrimonio ni confiere el sacramento.
La Iglesia establece ciertos requisitos para que el matrimonio sea sacramental, como, por ejemplo, que las dos partes lo hagan libremente y que elijan en libertad a su pareja, que tengan cierta formación o catequesis para que comprendan lo que la Iglesia entiende por matrimonio y se comprometan en unión de vida monógama.
La Iglesia no les dice a ellos dónde vivir, ni qué vestir, ni cuántos niños tener, o dónde hayan de mandarlos al colegio, o como han de gestionar sus finanzas, o a qué parroquia han de ir. La vida de la pareja no es objeto de regulación minuciosa, ni tampoco es un agente de la Iglesia institucional.
Las congregaciones religiosas no han sido fundadas por la Iglesia institucional. Algunos creyentes, bajo la influencia de uno o más fundadores, toman juntos el compromiso libre de vivir una forma intensa de discipulado cristiano y ministerio. Si la orden toma carácter estable, los miembros escriben una constitución o regla y piden a la Iglesia que la apruebe.
Al igual que hace para las parejas casadas, la iglesia establece algunos requisitos para las congregaciones religiosas, como, por ejemplo, que los que entren lo hagan en libertad, que tengan una adecuada formación, unos votos perpetuos, incluyendo siembre, claro está, el celibato consagrado.
Una vez aprobadas, las congregaciones y sus miembros se convierten en la Iglesia en “personas públicas”, pero no -como los ministros ordenados- en agentes de la institución, maestros oficiales o impulsores de la política eclesial. Los religiosos no son parte de la estructura jerárquica de la Iglesia, como tampoco lo son las personas casadas.
Una vez formada, una orden religiosa es como una familia. Aunque los miembros no estén unidos por la sangre sino por la fe, es una comunidad multi-generacional cuyos miembros han comprometido su vida unos con otros.
La comunidad nace de un carisma particular, desarrolla un espíritu que le distingue y genera una tradición propia. Tiene sus propias prácticas, sus propios símbolos, santos (canonizados o no) y modos de compartir y celebrar.
Tal y como sucede en cualquier familia, puede haber errores y se pueden tener problemas, conflictos y cuestiones a superar. Pero también hay caminos para resolverlos. Hay momentos de triunfo y de éxito, lideres que les influyen y una historia de cambio y desarrollo. Pero, sobre todo, cada congregación -como cada familia- es única.

¿Por qué ha de resistirse una congregación a una investigación impuesta sobre su vida? Como cualquier familia sana, las congregaciones comparten con gusto su vida con otros, pero si se les somete de repente y unilateralmente a una investigación detallada sobre todas las cuestiones y detalles de su vida interna, esto causa el mismo tipo de reacción que la que experimenta cualquier familia cuando es asaltada o robada.
Mucho más serio que la pérdida de objetos de valor es el hecho de que un extraño esté manipulando las fotos de sus hijos, entrando en la habitación del matrimonio, revolviendo los papeles de la familia o los documentos financieros. Esto es sentido como una violación de la privacidad, como un cruzar los límites que solo pueden ser cruzados por invitación.
La resistencia que sienten las víctimas no tiene nada que ver con el secreto, con tener algo que esconder o con el pudor o verguenza por mostrar la vida familiar. Tiene que ver, más bien, con el respeto a uno mismo; con la necesidad y el derecho a mantener el sentido de integridad y de propia determinación.
Querer violar la privacidad es destruir esta integridad dejando a la víctima sin defensas ante un poder aplastante. Sea una violación física (como en el caso del robo), sea espiritual (como invasión de la conciencia), el objetivo es la dominación por intimidación.
Hay veces, por supuesto, en que un grupo pierde el derecho a la privacidad. Entonces rebasar los límites, aunque sea por la fuerza, es legítimo y necesario, como cuando un hogar se convierte en un lugar de tráfico de drogas, o cuando un obispo facilita el abuso sexual de niños por parte de sacerdotes, o cuando una congregación religiosa, como los Legionarios de Cristo, se convierte en un lugar de inmoralidad institucionalizada. Pero, cuando no hay indicios creíbles de serios delitos,, tal y como está sucediendo en este caso de la investigación a las religiosas, cruzar los límites por la fuerza es una violación de la intimidad.
Las congregaciones religiosas no son un montón de oficinas o “franquicias” del Vaticano. El derecho a la integridad y a la autonomía de su vida comunitaria, gobierno y privacidad lo tienen garantizado por el código de derecho canónico. Oponerse a esta violación no es un asunto de secretismo, desobediencia u orgullo. Es una expresión del respeto corporativo y personal hacia sí mismas que dimana de su propia humanidad y de su Bautismo.

Sandra Schneiders, I.H.M es profesora de Nuevo Testamento y espiritualidad cristiana en la Escuela Jesuítica de Teología en Berkeley, California.

3 comentarios

  • me gustaria que me facilitaran el trabajo de la hermana Schneirders sobre la castidad op cita 55,56

  • Agradezco la información.

    Hna. SAGRARIO

  • Pedro M. Tenderías

    Ciertamente, pudiéramos estar ante un caso flagrante de “abuso de autoridad”. Que la Iglesia lo valore. De entrada, parece que tanta oposición no es algo muy normal. No creo que las monjas sean todas díscolas, anti-autoridad, rebeldes, manipuladas,… Creo que, a veces, alguna autoridad se puede extralimitar, y sería necesario ver qué hay en el Cardenal Rodé de pecado (protagonismo, omisión de la responsabilidad de informarse bien, mesianismo auto-atribuido,…). Que sea cardenal no le exime de caer en el pecado y en el error quiá de visión, que le lleva quizá a extralimitarse en el ejercicio del poder.

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