P.ELÍAS ROYÓN (CONFER): MENSAJE ANTE LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

Queridos hermanos y hermanas:

En la víspera de la solemnidad de Pentecostés os envío mi saludo más cordial junto con el deseo de que os inunde en esta celebración los dones de Aquel que riega la tierra en sequía, mira la soledad y el vacío del hombre, manda su luz que ilumina nuestro espíritu hacia la verdad, vivifica los huesos secos y dispersos, armoniza la diversidad de los miembros del cuerpo, hace libres en la verdad, abre a la esperanza del Reino, permanece con nosotros hasta que el Resucitado vuelva.

Pentecostés, la fiesta del Espíritu promesa y don del Señor Resucitado para reconocerle al oír nuestro nombre y alegrarnos al comprobar sus manos y el costado; don a la comunidad que triste y miedosa tiene las puertas cerradas, y se recrea en su dolor narcisista e infecundo; don a los tristes y desilusionados que se alejan, haciéndoles entender que el corazón arde de pasión cuando la vida se recobra al partirla y repartirla; promesa del Padre para el envío hasta los confines del mundo.

Pentecostés, la fiesta eclesial por antonomasia; la Iglesia que nace en la espera oracional del Espíritu, junto a María, en la comunión de todos los convocados por el mismo Señor. Y en esta Iglesia la vida consagrada nace como “un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu” (VC 1). Un don precioso y necesario para el presente y el futuro del Pueblo de Dios. (VC 3). Un don, cuyo crecimiento, la comunidad cristiana está llamada a cuidar y a proteger, como aludía hace poco Benedicto XVI.

Os invito a agradecer ese don del Espíritu a la Iglesia, y en ella, a cada uno de nosotros. La llamada con que hemos sido agraciados estructura nuestra persona y su forma de vida como “memoria viviente del modo de existir y actuar de Cristo Jesús” (VC 22); nos compromete a vivir del dinamismo que genera esa “palabra” que se nos ha dirigido y que se convierte en una energía que abre un camino de continuas llamadas del Señor a las que solo cabe una respuesta en disponibilidad y apertura de corazón, lejos de toda mediocridad y ambigüedad.

Nuestros Fundadores y Fundadoras fueron las mediaciones humanas de que se valió el Espíritu para enriquecer a la Iglesia con ese Pentecostés de carismas a lo largo de su historia. Esta fiesta es un momento propicio para agradecer y examinar nuestra acogida a la sencillez y frescuras de sus vidas apasionadas por Jesucristo, desde donde supieron responder, sin muchos análisis de la realidad, con creatividad y audacia, a las necesidades y urgencias de la Iglesia y el mundo. “El carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu (ET 11), transmitido a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.” (MR 11). Esta es nuestra responsabilidad; es decir, la respuesta que en nuestros días nos pide el mismo Espíritu, en fidelidad creativa. Realizar hoy lo que ellos y ellas harían para renovar nuestras vidas de consagrados y para responder a las exigencias apostólicas. Un proceso en el que estamos inmersos, que exige a la vez fidelidad a los orígenes y a los desafíos apostólicos de nuestro tiempo. La vida religiosa está llamada a mantener una mirada atenta al don originante y una sensibilidad vigilante a lo que está surgiendo en nuestro entorno, para responder con audacia y creatividad. Todo esto integra la dimensión carismática de la vida consagrada en la Iglesia; estamos llamados a conservar esa índole de todo “carisma auténtico que lleva consigo una carga de genuina novedad en la vida de la Iglesia” (MR 11).

El Señor Jesús nos ha prometido la presencia de su Espíritu, el que hace nuevas todas las cosas, el que nos ha enviado a proclamar la Buena Nueva a los pobres (cfr Lc 4,18). Abramos nuestro corazón a la esperanza que nos ha sido prometida; una esperanza que nace no de nuestro esfuerzo sino de la vida anclada en Quién nos llama y envía.

En la fiesta de Pentecostés 2011.
Elías Royón, S.J.
Presidente de CONFER

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