LUIS ÁNGEL DE LAS HERAS, MISIONERO CLARETIANO Y PRESIDENTE DE CONFER ESPAÑA

Posted by Fernando Prado, cmf on 4 febrero 2014 under entrevistas, formacion, noticias | Read the First Comment

(ODISUR.-) “La mejor carta de presentación es que somos hijos de Dios. Después, como suele decir el papa Francisco, yo también soy pecador. Y, por supuesto, un hombre agradecido a Dios por la vocación a la vida religiosa y sacerdotal como misionero claretiano, de la que estoy encantado”. Ésta es la carta de presentación del nuevo presidente de la Conferencia Española de Religiosos (CONFER), Luis Ángel de las Heras, CMF, (Segovia, 1963) quien nos concede una entrevista en el Día de la Vida Consagrada.

–¿Cómo descubrió su vocación religiosa?

Mi historia vocacional es bien sencilla. De niño quería ser cura de pueblo, aunque prácticamente no se lo dije a nadie. Nací en Segovia, una de las ciudades más bonitas de España, pero mi familia se trasladó a Aranda de Duero (Burgos), por motivos de trabajo y allí siguen viviendo. En el Colegio Claret de Aranda de Duero los claretianos me propusieron ir al seminario. Intuyeron lo que yo no decía. Ellos me mostraron siempre cercanía y acogida. Les dije que sí enseguida e ingresé en el Seminario Claretiano de Segovia con 14 años. Mis padres entonces sólo preguntaron: “¿Pero… lo dices en serio?”. Parece que sí lo decía algo en serio. Mi familia ha sido siempre un gran apoyo en mi vocación religiosa y sacerdotal.

–Recientemente fue nombrado presidente de la Conferencia Española de Religiosos (CONFER), en la que participan todos los religiosos y religiosas de España, ¿cómo se plantea este reto?

Cuando asumí este servicio sabía que recibíamos un legado bien construido. Me planteo el reto como una tarea de animación compartida, como equipo, comenzando por el que formamos la secretaria, la vicepresidenta y el presidente. Trabajar en equipo es opción, pero también viene dado por la necesidad, puesto que yo he de compatibilizar el servicio en CONFER con el de superior provincial, igual que la vicepresidenta, María Rosario Ríos. Quien permanece a dedicación completa es la secretaria general, Julia García.En esta misma línea, para CONFER es un reto profundizar y avanzar en lo que significa misión compartida. Hay proyectos muy buenos, poco conocidos, que se realizan entre personas de distintas congregaciones o que se comparten entre obispos, sacerdotes, laicos y religiosos y religiosas. En estos primeros meses nos hemos centrado en las orientaciones que los superiores mayores nos ofrecieron en la XX Asamblea General de noviembre pasado. Las estamos estudiando para clarificar líneas de acción en los próximos años con la ayuda de los miembros del Consejo General de CONFER. También hemos pensado cómo CONFER pueda ayudar a dar más visibilidad a la vida religiosa en la sociedad, especialmente a través de los medios. Nos parece importante hacer visible el testimonio –humilde– de la vida consagrada, que tanto bien hace en la Iglesia y en nuestro mundo. Por otro lado CONFER puede seguir impulsando el compromiso de religiosos y religiosas en las periferias de todo tipo que hay en este mundo. Es una llamada del papa Francisco como recordatorio de dónde debemos seguir estando y desde dónde debemos profundizar nuestro ser y misión para responder a la dimensión profética de nuestras vidas. Por último creo que desde CONFER hemos de impulsar y cultivar una mirada esperanzada hacia la vida consagrada. E igualmente hemos de ayudar a encontrar oportunidades en las debilidades.

–En esta fiesta de la vida religiosa, ¿cuál piensa usted que sería la mejor campaña vocacional?

No sé si la mejor, pero una buena es la que encierra el lema de la Jornada de la Vida Consagrada de este año 2014: «La alegría del Evangelio en la vida consagrada», como eco de Evangelii Gaudium. Las campañas vocacionales deberían presentar el testimonio de alegría de religiosos y religiosas desde su encuentro personal con Jesús. Porque la invitación a ser religioso, o a otra forma de vida cristiana en la Iglesia, la hace Cristo, no nosotros. Sólo desde un encuentro personal y gozoso con Él se escuchan sus invitaciones y surge la inquietud alegremente seria por responder. Una invitación así se puede escuchar en cualquier momento. Cuando se le empieza a conocer, después de un tiempo de trato con Jesús y su Palabra o después de muchos años. Él siempre invita a optar por lo mejor para la vida de cada uno.

-¿Y quién es el P. Luis Ángel de las Heras, CMF?

Primero una palabra de introducción. La mejor carta de presentación es que somos “hijos de Dios”. Después, como suele decir el papa Francisco, yo también soy un pecador. Y, por supuesto, un hombre agradecido a Dios por la vocación a la vida religiosa y sacerdotal como misionero claretiano, de la que estoy encantado. Yo nací en Segovia, una ciudad de las más bonitas de España, en 1963. Mi familia se trasladó a Aranda de Duero (Burgos) por motivos de trabajo y siguen residiendo en esta villa. Tengo una hermana menor que yo, casada con un arandino, y dos sobrinas de 7 y 5 años que son las mejores del mundo para su tío, claro. Hice los estudios de filosofía y teología en el Estudio Teológico Claretiano de Colmenar Viejo, afiliado a la Universidad Pontificia Comillas. En esta universidad estudié también la licenciatura en pedagogía. Mis superiores orientaron mi especialización hacia la formación de los misioneros claretianos, aunque no me destinaron a la formación hasta después de un tiempo de experiencia ministerial.

-La congregación a la que pertenece es misionera, ¿ha estado en tierras de misión?

Nunca he estado destinado fuera de España. Sólo he visitado algunas misiones en Rusia, Paraguay, India y Tanzania con motivo de algún encuentro o cuando visitaba centros formativos desde la responsabilidad en la formación que me había sido confiada. Pero todos los claretianos somos misioneros fuera o dentro del propio país. Y nuestras tareas son “tierra de misión”. Yo comencé mi andadura perteneciendo al equipo provincial de pastoral juvenil vocacional. Inquieto por la pastoral vocacional y por la pastoral con alejados de la fe y marginados. Después estuve en una parroquia de Vallecas (Madrid) recién ordenado sacerdote y dedicado al ministerio. En cuanto a responsabilidades pastorales, me encargué de Cáritas, de la atención a menores en riesgo de marginación e inicié con otros claretianos y laicos un proyecto de acogida y rehabilitación de toxicómanos. Fueron unos años de inigualable escuela claretiana y parroquial de vida y misión. Desde Vallecas pasé a la formación de los jóvenes misioneros claretianos. He sido formador de todas las etapas formativas durante diecisiete años en comunidades multiculturales. Junto a esta tarea he sido responsable de formación y espiritualidad de mi provincia los últimos años. Finalmente fui elegido provincial el 31 de diciembre de 2012 y ésta también es una tarea misionera.

-En nuestro primer mundo hablamos de crisis de vocaciones y de necesidad de que las congregaciones vuelvan a sus orígenes, incluso en alguna ocasión he escuchado decir que tendrían que reinventarse, ¿cuál es su experiencia?

La crisis es factor de riesgo, pero también de posibilidades. A mí no me gusta el término “reinventar”. En todo caso, volver a los orígenes, a lo genuino, a lo esencial, como nos invitó a hacer el Vaticano II. Quienes han analizado el impacto de la doctrina conciliar sobre la vida religiosa coinciden en que se abrió una nueva comprensión de esta forma de vida dentro de la Iglesia. Esa novedad lógicamente trajo su crisis, con desiguales consecuencias, algunas de ellas positivas. Ha habido problemáticas, pero también búsquedas fecundas de autenticidad, esfuerzos eficaces por revitalizar la vida espiritual, por reforzar la vida comunitaria, por abrir nuevos caminos para realizar compromisos evangelizadores de frontera. La crisis de vocaciones aparece en esta situación y hemos de analizarla desde múltiples causas. A veces se dice que no hay vocaciones a la vida consagrada porque no somos coherentes o porque nuestras comunidades no son testimonio de vida que contagie entusiasmo. Evidentemente cuando se da esto nos falta atractivo vocacional. Pero no es la única y simple razón de la escasez de vocaciones. Hay comunidades religiosas de personas consagradas admirables, entregadas a Dios y a los hermanos, coherentes y entusiastas, pero que no tienen vocaciones para su carisma y misión. Yo creo que en el tema de las vocaciones a la vida consagrada hay tres verbos claves: agradecer, valorar y regalar. Agradecer la propia vocación y las que Dios sigue enviando, muchas o pocas. Cuando son muchas, el agradecimiento es fácil, pero cuando son pocas hay que agradecerlo mucho más. Valorar esta forma de vida con el aprecio que se merece, como don del Espíritu, como camino de dicha en la entrega de la vida. Regalar tiempo a las personas para acompañarlas en su camino de búsqueda y encuentro de su vocación cristiana en la Iglesia.

-¿Es más difícil ser fiel en una vocación religiosa que en la matrimonial?

No tiene por qué ser más difícil ni más fácil. No creo que haya que compararlas, porque son dos formas de vida bien distintas y diferenciadas. En cada caso es cuestión de plantearse seriamente la vida, de ser consciente de las razones por las que se opta sin dejarse llevar por inercias inconscientes o sociales. En la vida religiosa, cuando una persona siente la llamada de Dios y responde, con gozo y con temor, dándolo todo, también recibe el don del amor. La fidelidad es fruto de la experiencia del amor de Dios que se vive en el encuentro con Él. Un don que hay que cultivar, por supuesto, desde la relación profunda con Él y la consecuente entrega generosa a la comunidad religiosa y a las personas con las que se comparte vida y misión.

-¿Su mayor acción de gracias a Dios en estos momentos?

Tengo muchos motivos para dar gracias a Dios. En estos momentos me surge espontánea una gran acción de gracias a Dios por la vida religiosa, don del Espíritu a la Iglesia y al mundo. Este don es signo de alegría y esperanza, fundadas en el encuentro con Jesús. Este don es un modo de vivir y trabajar sin descanso por la imprescindible transformación de esta tierra de esclavitud, injusticia, dolor y violencia en el Reino de Dios. Un reino de libertad, de justicia, de gozo y de paz.

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