Viernes Santo: La muerte no tiene la última palabra (Homilía)

cirineoUno de los Evangelistas nos cuenta en la Pasión que cuando Jesús Murió las tinieblas cubrieron la tierra. Era de día y, sin embargo, todo se hizo oscuro. El evangelista nos quiere hacer ver que el mundo se oscurece porque quien es la luz del mundo desaparece.

No sé si recordaréis hace algunos años, cuando murió la madre Teresa de Calcuta. Una Semana antes murió Lady Diana, la princesa de Wales, la rosa de Inglaterra. Todos los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia, y este acontecimiento dio que hablar más de un mes.

A mí me llamó la atención que la noticia de la muerte de la Madre Teresa
no fuera tan llamativa, pues su vida, probablemente, ha sido una de las voces proféticas más fuertes de la Iglesia en los últimos tiempos. Una pequeña luz, aunque elocuente, en medio de mucha oscuridad.

Pues bien, cuando murió la Madre Teresa, recuerdo que leí una entrevista que le hicieron al que era entonces presidente de la República Francesa, Jacques Chirac. Le preguntaban: ¿Tiene usted algo que opinar sobre la muerte de la Princesa Diana de Wales?

Y él respondió: Ayer murió la Madre Teresa de Calcuta, y creo que a partir de hoy en el mundo hace más frío y hay menos luz.

De verdad me llamó la atención, porque alguien importante (nada menos que el presidente de Francia) se daba cuenta de la importancia que tienen esas noticias de pequeñas luces que alumbran con fuerza en el mundo, aunque muchas veces pasen casi desapercibidas.

Pues algo de esto creo que pasó con Jesús hace dos mil años y sigue pasando también hoy.

Cuando Jesús Murió, muy pocos se dieron cuenta de qué es lo que había ocurrido. Solo aquellas personas que habían visto en él una luz, se dieron cuenta de su ausencia. Su muerte fue para ellos algo terrible. Tan terrible que seguramente quedaron absolutamente abatidas. ¿Cómo eran capaces de apagar la luz del mundo? ¿Por qué muere un inocente, que ha pasado por la vida haciendo el bien? ¿Es que el amor entre los hermanos, el proyecto del reino de Dios y la buena noticia anunciada a los pobres era algo malo? ¿Por qué?

Terrible, realmente, terrible. Y la única respuesta, la muerte. Una cruz, un patíbulo… un sinsentido.

A los discípulos les costó entender cómo la salvación pudo hacerse presente de esa forma, a través de ese camino de la cruz. A ellos y a nosotros hoy también nos cuesta entender esto. Es la lógica de Dios que a nosotros, humanos, se nos escapa. Son los renglones torcidos con los que Dios escribe recto.

¿Cómo descubrir algo de luz en este misterio?
¿Cómo dar un sentido a la muerte, a la de Jesús, a la nuestra, y a las muertes de miles de personas que sufren hoy en el mundo?

Cuando estamos ante una situación límite, creo que la única respuesta qu cabe es entrgarse al misterio y vivir con confianza. Confianza en la historia, confianza en Dios y en su voluntad, aunque nosotros no la entendemos. Confiar en nuestro Dios que es amor. Él sabe lo que hace, aunque no entendamos.

El que vive confiado en Dios sabe que la muerte no tiene la última palabra. Ahí, cuando nosotros ya no podemos, Dios toma las riendas.
Después de escuchar la Pasión, a pesar de este final devastador, nosotros descubrimos que en Jesús hay verdad.

Su amor, su perdón, su vida entregada es más verdad que los clavos que le crucifican.

Por esa confianza que es la fe sabemos que la vida es más grande que la muerte y que el dolor.

Vivir la vida fiados de Dios significa mirar nuestra historia en un sentido más positivo. Mirar la historia fijándonos en la abundancia de bien que hay en ella. El mal también está ahí, pero si nos paramos a mirar la vida con los ojos de Dios, seguramente descubrimos más bien que mal. La luz que puso en el mundo la Madre Teresa es mucho mayor que la oscuridad de la ciudad de Calcuta. Es más propio de nosotros la alegría que la tristeza.

Miremos hoy a Jesús. El crucificado es el mismo que anunció la buena noticia, el que nos invitó a amarnos como hermanos hijos de un mismo padre, el que tanto bien hizo por allí donde pasaba. Y eso es más grande que su muerte cruel. Si nos fijamos excesivamente en su muerte, corremos el peligro de olvidar su vida, sus palabras …y quizá el final de la historia, la resurrección que nosotros tenemos la suerte de conocer.

Hoy vamos a adorar la cruz del señor. Os propongo que lo hagamos llenos de agradecimiento, porque él nos ha hecho reconocer en su muerte lo que significa la vida; en la tiniebla lo que es la luz. En el odio, lo que es el amor. El amor como camino para cada uno de nosotros. Un amor llevado hasta las últimas consecuencias sí tiene la última Palabra.

Y vamos a pedirle hoy al Señor que nos ayude a vivir con esta mirada positiva hacia el mundo, tratando de descubrir lo bueno en cada cosa y aceptando con confianza la voluntad del señor.

Al adorar su cruz pidámosle también que nos ayude a poner luz donde hay oscuridad. Que no nos olvidemos de los millones de crucificados que siguen viviendo su pasión en el mundo.

Pidámosle fuerzas para vivir como él vivió, para vivir entregados a los hermanos. Para ser como él y amar como él nos ha amado.

Que su cruz sea para nosotros, hoy, de verdad, un signo de amor digno de imitar.

Que así sea,

Fernando Prado Ayuso, cmf

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